Programa 11 – Editorial | Mauricio Funes Sin Censura

Mauricio Funes Sin Censura

Editorial Sin Censura

Programa 11 – Editorial

Esta semana ha sido de mucho regocijo para todos los salvadoreños y salvadoreñas luego que conocimos la decisión de Su Santidad, el Papa Francisco, de declarar mártir a Monseñor Romero y confirmar que su asesinato fue un acto de odio a la fe.

Esta declaratoria allana el camino para la beatificación de nuestro querido arzobispo y remueve cualquier obstáculo que pudiera existir en el proceso.

El Vaticano, en rueda de prensa, señaló que a lo largo de muchos años, la iniciativa de beatificación que fue promovida por Monseñor Rivera y Damas, enfrentó oposición de salvadoreños que escribieron “montañas de cartas” para oponerse a la causa, en la medida que lo consideraban un activista político y no un hombre de fe.

Esa fue la reacción visceral con que la derecha oligárquica enfrentó a Monseñor Romero, cada vez que desde el pulpito y a través de sus homilías o mensajes radiales denunciaba lo que el calificó como el pecado estructural, es decir, la pobreza, la injusticia, la profundización de las desigualdades, la represión política y militar de los opositores del régimen de turno.

Finalmente, fueron más los testimonios que permitieron convencer al Vaticano del martirio de Monseñor Romero.

De modo, y esto lo comento con mucha satisfacción, en los próximos meses podríamos estar celebrando la tan esperada beatificación de Monseñor Romero, conocido ya en el mundo entero como San Romero de América, tal como lo llamó el Obispo Pedro Casaldáliga.

Sobre esta noticia deseo hacer las siguientes consideraciones.

Por años, más de 30 años, desde que Monseñor Romero fue asesinado, un sector de la derecha del país se dedicó a la tarea de desprestigiar la imagen de nuestro Arzobispo mártir, al extremo de desvirtuar y desnaturalizar su pensamiento y mensaje profético y de justificar su asesinato.

No sólo en vida, sino una vez asesinado, estos sectores a través de campos pagados, editoriales y declaraciones a la prensa, fueron de la opinión que Monseñor Romero había sido asesinado por sus prédicas que calificaban de comunistas y por haber infundido odio de clase entre los feligreses.
A nuestras memoria vienen las apariciones en televisión del fundador de ARENA, donde lanzaba improperios y amenazas a la integridad física de quién era Arzobispo de San Salvador y por tanto, un líder espiritual indiscutible del país.

Lo mismo podemos decir de campos pagados firmados por la Cruzada Pro Paz y Trabajo y por el Frente Anticomunista Nacional, FAN, antesalas del surgimiento del partido ARENA a inicios de los 80, en los que también se acusaba a Monseñor Romero de ser un instigador y subversivo y de estar detrás de las organizaciones populares que luchaban por sus derechos a finales de los 70.

Hubo medios de comunicación, como El Diario de Hoy, cuyos editoriales buscaban crear un estado de opinión favorable a cualquier agresión a la integridad física de Monseñor Romero y al descrédito de su mensaje profético.

Igual esquema de manipulación de la opinión pública fue impulsado con el asesinato de los sacerdotes jesuitas y dos de sus empleadas.

Por esos días, noviembre de 1989, la derecha articuló una campaña mediática al inicio de la ofensiva del FMLN, en la cual se pedía la cabeza de los que denominaban los “sacerdotes comunistas”.

Cinco días después los jesuitas fueron asesinados por una unidad elite de las Fuerzas Armadas y simbólicamente los disparos que los mataron se concentraron en la cabeza de los sacerdotes, en claro rechazo a las ideas que acostumbraban a expresar en sus artículos académicos y que eran duramente criticados por las mismas organizaciones de derecha y los editorialistas que justificaron y celebraron el asesinato de Monseñor Romero.

Ambos magnicidios ponen al descubierto un modus operandi peculiar, que la derecha oligárquica continúa utilizando para deshacerse de sus críticos y opositores.

No resultó extraño, entonces, que cuando mi gobierno tomó la decisión de nombrar al hsta ese momento Boulevard Diego de Holguín con el nombre de Monseñor Oscar Arnulfo Romero y Galdámez, y cuando cambiamos el nombre del aeropuerto internacional de Comalapa por el de Monseñor Oscar Arnulfo Romero, hubo sectores de la derecha, vinculados al partido ARENA, que despotricaron contra mi gobierno por esta decisión y nos acusaron de instrumentalizar el nombre de Romero con fines políticos partidistas.

A este coro de voces, para quiénes la figura de Monseñor Romero nunca resultó grata, se le sumaron paradójicamente algunas organizaciones no gubernamentales, como FUNDE, que llegó a solicitar información de los gastos realizados por el gobierno en el mural en su honor que se encuentra en el pasillo central del aeropuerto internacional así como en la pintura ubicada en el salón de honor de Casa Presidencial que lleva su nombre.

La razón por la que solicitaban esa información es porque, supuestamente, deseaban saber si habíamos pagado en exceso por ambas obras de arte y si habíamos llevado a cabo un proceso de licitación, como lo establece la ley.

Una información poco pertinente, a mi juicio, si tomamos en cuenta el significado que para el pueblo salvadoreño tenía el reconocimiento a la obra pastoral y la lucha por los pobres y oprimidos que estaba detrás de ambas decisiones de gobierno.

Mi gobierno fue el único de todos los gobiernos de los últimos 35 años que siguieron al asesinato de Monseñor Romero que pidió perdón por semejante latrocinio, tanto a la familia de Monseñor, como a la comunidad católica y al pueblo salvadoreño.

Nuestra designación como guía espiritual de la nación nunca tuvo el propósito de hacer un uso político de su pensamiento y legado, sino más bien, de reconocer la vigencia universal de su mensaje profético, al grado de convertirse en un referente obligado de nuestras políticas sociales y de la orientación de todo el quehacer gubernamental.

En sus homilías dominicales además de la denuncia permanente de los abusos y arbitrariedades del poder que se cometían en esos años, la tribuna de monseñor romero constituyó, sin duda, una guía para la acción que llevaría a corregir las graves desigualdades existentes así como la exclusión de una parte mayoritaria de la población de los beneficios de la intervención del Estado.

Por eso fue calumniado y perseguido y por eso fraguaron su asesinato.

Su santidad Francisco así lo ha reconocido con el decreto dado a conocer esta semana: Monseñor Romero fue un mártir de su tiempo y fue asesinado por un claro “odio a la fe”, en la medida que su prédica afectaba intereses mezquinos y oscuros de un sector dominante en el país, que tenía el control del gobierno.

En conferencia de prensa en el Vaticano, el cardenal Vincenzo Paglia sostuvo que el caso de Monseñor Romero es una muestra de otro concepto de mártir. Es un martirio ejecutado, dijo, por odio de fe de otros bautizados, de otros que comparten la misma fe de la víctima y no por ateos o creyentes de otras religiones.
Además, agregó que el martirio de Romero cumplía con ciertas características como la solidaridad con los más necesitados.

Ese poder oligárquico que lo asesinó hace 35 años lo hizo precisamente por su intolerancia a una práctica religiosa y a una vivencia del evangelio que ponía en riesgo sus intereses.

Monseñor Romero fue asesinado no porque fuera un activista político y menos un subversivo, como se calificaba a todo aquel que tuviera en esa época un pensamiento disidente y contrario al de los grupos que detentaban el poder económico, político y militar en el país.

Así como Jesucristo fue crucificado y asesinado por un poder imperial que veía en el evangelio vivido y asumido por Jesucristo una amenaza a su sobrevivencia como imperio; de la misma manera, tal como lo ha confirmado el papa Francisco, quienes fraguaron su asesinato, quienes montaron una campaña de desprestigio y difamación contra las prédicas de Monseñor Romero y pidieron su cabeza, quienes llegaron incluso a celebrar en privado su muerte, quienes luego justificaron a través de los periódicos su asesinato, lo hicieron por un claro “odio a la fe”, que no es más que el odio a una vivencia del evangelio que obliga a denunciar las injusticias y combatirlas.

Ese poder oligárquico aún existe en el país. No ha sido desmontado y continúa utilizando las tribunas de los medios de comunicación, en especial del mismo periódico que criticaba a Monseñor Romero, para calumniar, para difamar y para asesinar civilmente a todo aquel que se ponga en su camino y ponga en riesgo sus intereses.

Quizás ya no tenga el coraje de atentar contra la integridad física de sus adversarios, pero si de provocar la muerte civil de todo aquel ciudadano o ciudadana que cuestione y ponga en riesgo su proyecto político y sus renovados intentos de asaltar de nuevo el poder del Estado.

Con la beatificación de Monseñor Romero se estaría asegurando aun más la universalidad de su pensamiento y mensaje profético.

Sólo restaría que el partido, cuyo fundador, de acuerdo a las investigaciones de la comisión de la verdad, participó como autor intelectual de su asesinato, pida perdón por este magnicidio y enmiende el camino seguido todos estos años y contribuya a construir un nuevo rumbo para nuestro país, en el que la lucha contra la pobreza, la exclusión, la marginalidad y las desigualdades sociales sea también su prioridad, como lo fue para Monseñor Romero.

De lo contrario cualquier expresión a favor de la beatificación de Monseñor Romero no pasará de ser una expresión demagógica, motivada por la coyuntura electoral y por el reconocimiento que la comunidad católica del mundo está haciendo, a través del vaticano y de su santidad, el papa Francisco, de la figura y mensaje profético de nuestro Obispo Mártir, San Romero de las Américas.

Siguiendo el pensamiento y martirio de Monseñor Romero, la población, especialmente, los electores pobres deben exigir de los partidos políticos un compromiso de fe con el martirio de monseñor romero y un rompimiento con los vínculos que aún atan a algunos de ellos, sobre todo al partido ARENA, con el sistema oligárquico excluyente y concentrador de poder y riqueza que Monseñor Romero denunció y combatió.

Hay quiénes dicen, cuando me escuchan hablar de la derecha oligárquica, que esas son prédicas de odio, y que ya no debería hacer tanta referencia al pasado.

Dos cosas debo decir sobre ambas consideraciones.

Primero, el sistema oligárquico no ha desaparecido. Mi gobierno inició su desmontaje con la derrota que sufrió ARENA en las elecciones del 2009, pero este sistema de poder subsiste y no es un sistema debil.

Le dimos un rumbo y un rol diferente al Estado que había tenido por décadas enteras.

A finales de la década de los años setenta y principios del ochenta, la derecha oligárquica controlaba el aparato de Estado, me refiero tanto al ejecutivo como al legislativo y al poder judicial, además utilizaba a la fuerza armada a su antojo y conveniencia, y tenía, como ahora sigue teniendo, el control de las principales ramas de la actividad económica del país, incluyendo de los medios de comunicación.

Era de esperar que la denuncia profética del entonces Arzobispo de San Salvador, su insistencia en los abusos y excesos del poder en contra del pueblo salvadoreño, especialmente de los más pobres, no podía tener otro enemigo más peligroso que precisamente esa derecha y su sistema de poder.

Cuando su santidad, el Papa Francisco, se refiere al martirio de Monseñor Romero y que su asesinato se debiò a un odio de fe, no se está refiriendo a un asesinato producto de una intolerancia religiosa de quiénes en ese momento profesaban otras religiones o se decían ateos.

El Papa Francisco, y no creo equivocarme, se refiere al odio que provocó en un sector de la sociedad vinculada al sistema de poder de entonces que Monseñor Romero denunció, un odio y rechazo hacia la práctica religiosa, a la vivencia del evangelio y a toda una vida entregada a la defensa de las causas populares.

Fue ese odio el causante de su asesinato. Fue ese odio el que llevó a que se fraguara su asesinato en el justo momento en que oficiaba misa en la capilla del Hospital Divina Providencia, en la colonia Miramonte.
Las responsabilidades de su martirio y asesinato están claramente insinuadas en el decreto que el Papa Francisco firmó el martes pasado.

El odio de fe fue lo que llevó a sus asesinos a cegar la vida del Arzobispo de San Salvador.

Hoy 35 años después, ese mismo poder oligárquico, excluyente, provocador de pobreza, y concentrador de riqueza, continua manteniendo el mismo odio, el mismo rechazo, pero ahora frente a quiénes pueden amenazar la existencia y sobrevivencia de su sistema de poder.

Como ha señalado Joaquín Villalobos, la oligarquía es una, es la misma de todos estos años, no existe una oligarquía roja como resultado de las inversiones realizadas por el FMLN en el negocio de los hidrocarburos y que le ha permitido a la empresa ALBA, diversificarse y entrar en otras ramas de la actividad económica como la producción de alimentos y medicinas.

El volumen de los recursos manejados por Alba petróleos ni por chiste se asemeja a la riqueza concentrada por los grupos empresariales que forman la derecha oligárquica de nuestro país con un rostro modernizante y democrático.

Y es que la derecha empresarial y política es oligárquica, y continúa siéndolo desde la época de Monseñor Romero, no sólo por la parte de la riqueza nacional que concentra, sino por la influencia y el control que mantiene en los órganos de decisión política y en la mayor parte de los medios de comunicación en el país.

De ahí el temor de esta derecha a perder influencia en la Asamblea Legislativa, ahora que desde hace años ya no controla más el Ejecutivo. O bien, su resistencia a que en los medios de comunicación exista otra mirada sobre la realidad nacional que no sea la que ella ha articulado y promovido por décadas enteras.

Y agrego algo más a la opinión que esta tarde deseo compartir con ustedes: la denuncia que hice como Presidente de la República y que continúo haciendo como ex presidente y periodista ante los intentos del sistema oligárquico de recuperar el poder y asaltar de nuevo al Estado no debe ser entendida como una prédica de odio y menos como fomento al odio de clases.

Por el contrario, si lo que necesitamos es más democracia, más participación ciudadana, más contraloría social, pero sobre todo, más sensibilidad y solidaridad con los menos favorecidos.

Y mientras exista una derecha oligárquica con apetito de poder, capaz de “sacar del camino” a quiénes se le pongan enfrente, utilizando cualquier medio a su alcance, provocando la muerte civil de sus opositores através de campañas de desprestigio en los medios de comunicación, nuestra democracia seguirá siendo débil y no superaremos nuestro subdesarrollo y los problemas de pobreza, desigualdad e inseguridad que éste sistema genera.

Y me permito un comentario adicional de carácter electoral.

Uno de los columnistas de El Diario de Hoy, que anunció una guerra de troles en las redes sociales y que dijo que hará cualquier cosa para que Nayib Bukele no gané en la capital, expresa de mejor forma el temor de esta derecha oligárquica al surgimiento de nuevos grupos empresariales, más solidarios, con una visión moderna de la sociedad, y que pueden impedir sus aspiraciones de recuperar el gobierno central en el 2019.

No encuentro otra explicación a la campaña mediática impulsada contra Nayib Bukele, siendo que se trata de la elección de una alcaldía, que por muy importante que pudiera ser, es una de tantas que estarán en disputa el próximo uno de marzo.

Hay un claro temor por parte de esta derecha oligárquica, que el columnista y colaborador de El Diario de Hoy aludido expresa en sus artículos, que el modelo de gestión de la ciudad capital de Nayib se convierta en referente para las elecciones presidenciales y le impida a esta derecha oligárquica y al partido ARENA recuperar el ejecutivo en el 2019.

Más claro que el agua, imposible…

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